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ISSN 1989-4163

NUMERO 40 - FEBRERO 2013

Acabo de Matar a mi Editor

Rubén Castillo

Autor: Antonio Parra Sanz. Editorial: Seleer. 226 páginas. 18 €

Existen escritores que, por un misterioso dictamen del ánimo o de la afinidad, nos seducen y encandilan desde que comenzamos a leerlos. Algo en sus líneas (algo que quizá ni seamos capaces de definir) se convierte en un imán irresistible que nos atrapa, nos invade, nos convence y nos lleva a perseguir todos sus libros, allá donde estén editados, para sumergirnos en sus páginas. En mi caso, es evidente que el madrileño Antonio Parra Sanz ocupa uno de esos lugares de privilegio, tanto por sus relatos breves (Desencuentros, El sueño de Tántalo) como por sus novelas (Ojos de fuego, Apocalipsis 17,1) o sus colecciones de artículos (La linterna mágica). Ahora llega a mis manos su recentísima última producción: la novela Acabo de matar a mi editor, que nos propone una historia bien singular. Y no sólo porque sea atractiva y chocante en sí misma, sino porque lo es en relación a la anterior obra de Antonio Parra. En efecto, cuando apenas nos hemos introducido en la peripecia de Jaime Loynaz (protagonista del volumen) nos vamos dando cuenta de que es un hombre aguijoneado por afanes literarios, que lleva mucho tiempo incurso en la redacción de una novela. Y esta novela no es otra que Apocalipsis 17,1. Durante las 226 páginas de esta intensa narración se nos explica el proceso mediante el cual el personaje de Acabo de matar a mi editor se convierte en el autor de Apocalipsis 17,1. De ahí que las conexiones que podamos establecer entre ellas no sólo serán importantes sino iluminadoras, porque nos ponen ante los ojos un juego de cajas chinas de lo más sugerente. Quienes eran criaturas dibujadas por el escritor madrileño pasan ahora a convertirse en espíritus modelados por Jaime Loynaz, un tipo atormentado, incomprendido, con una vida familiar defectuosa, aficionado a unos licores que, según cree, lo auxilian en la creación... y que recibe unas visitas pintorescas, que le serán tan útiles para redactar su obra como perturbadoras desde el punto de vista personal. Si don Miguel de Unamuno escribió aquel opúsculo titulado Cómo se escribe una novela, el escritor madrileño nos propone un ejercicio mucho más fascinante: ver cómo es la vida de alguien mientras escribe una novela. Contemplarlo en el trance dificultoso, agónico, lento y terrible del parto literario. Ver la manera en que Jaime Loynaz constata lo terrible de su condición (“Cuanto más despreciable era mi comportamiento con los que me rodeaban, mejor era mi rendimiento literario”, p.111) y cómo se ve afectado por su golem, Marcos Galván (“Galardonado con el privilegio de señalar y castigar”, p.144); y, sobre todo, la forma en que su vocación de escritor lo convierte, al pasear por las calles, en un “coleccionista de almas” (p.168). En Acabo de matar a mi editor (singular crónica de una muerte anunciada), Antonio Parra Sanz logra un texto memorable, una exploración meticulosa por las cuevas del fracaso y una bitácora llena de meandros y ángulos oscuros, redactada con prodigiosa brillantez. Nadie en su sano juicio se aplica a la tarea de explicar por qué está bueno un bombón de chocolate: simplemente nos invita a que lo paladeemos. Igual haré yo. Acérquense a esta obra y lo comprenderán por sí mismos.

Acabo de matar a mi editor

 

 

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